Turistas
Conocimiento y experiencia como el desarrollo de conexiones orgánicas (5 mins de lectura)
Cuando María, mi hermana pequeña, me ve tomando notas para el blog, se pone a la defensiva:
–Bueno, a mí me gusta sacar fotos, es mi forma de disfrutar de todo esto –se justifica–. Y, además, quiero enseñárselas a la mamá, que igual no viene nunca aquí.
–Hostia, eso es fantástico, María –le digo con total sinceridad, y apunto en mi teléfono: “Factor social: la superficie convertida en conexión”.
Estamos en Marrakech, en los jardines de Majorelle, un jardín botánico construido por un pintor modernista menor a comienzos del siglo XX y restaurado por Yves Saint Laurent y su pareja en los 80. Desde la entrada, los turistas hacen cola en los sucesivos puntos pintorescos para sacarse la misma foto que los demás.
Hemos venido a Marruecos en diciembre porque, en mi primera visita al pueblo desde mi regreso de EEUU, le oí decir a María que se quería ir de vacaciones, pero que ni a su novio ni a sus amigas les quedaban días. Yo me ofrecí a acompañarla porque me pareció una buena oportunidad para comenzar a conocerla: nos llevamos 27 años (ella tiene 20, yo 47), nació cuando yo ya me había marchado de la casa de mi padre, y, antes de este viaje, nunca hemos tenido una conversación en la que no estuviéramos rodeados de familia.
–Yo creo que sacamos fotos porque no sabemos qué hacer con todo esto –pienso en voz alta–. Las fotografías nos permiten aplazar el momento, decir, “ya lo viviré más tarde”.
Es, por supuesto, un juicio autocomplaciente y común. Yo nunca saco fotos, me ha dado siempre pereza, así que me digo que soy mejor que los demás porque no estoy aplazando el momento como ellos, porque no estoy engañándome con la idea de que lo viviré todo más adelante, cuando amplíe los detalles en la pantallita de mi teléfono.
Pero claro, que no saque fotografías tampoco significa que esté aquí, “viviendo el momento”. Lo cierto es que me encuentro tan perdido como el resto de turistas. La superficie de mis “experiencias” en Marrakech (las calles laberínticas del zoco hasta las que penetra el entretejido de la luz africana como un cliché que no pierde intensidad con el sobreuso; el tráfico incesante de motocicletas, burros y carros y peatones; los gatos de pelaje áspero y sucio que merodean por todos los rincones, o, ahora, el verde de oasis que prolifera bajo la lluvia que ha estado cayendo todo el día) resulta tan impermeable a mi pensamiento como al de los demás. No soy menos turista que ellos por no sacar fotografías, y se me ocurre que, de hecho, frente a una superficie impenetrable, la fotografía parece la opción más lógica. Es, quizás, la única opción.
Pero yo no creo en la profundidad, solo en las conexiones. Marrakech, como todo el resto de la vida, es pura superficie, no porque mis conocimientos de la ciudad, de su historia y sus lenguas y su cultura, sean tan insuficientes, sino porque aquí no tengo aún ningún amigo, ningún recuerdo, ningún muerto. “Vivir” no consiste en encontrar el elemento oculto que está “detrás”, ni el elemento clave que se me escapa, sino en conectar lo que experimento con el resto de lo que soy, una conexión que surge por sí misma si me demoro lo suficiente.
Estoy pensando en esto y tomando notas cuando María se queja de los juicios negativos que me asume, y menciona que quiere enseñarle las fotos a su madre. “¡Claro!”, me digo: la fotografía no solo nos permite aplazar la experiencia, sino que además nos ayuda a establecer esa conexión. De pronto, ese “vivir para Instagram” que tanto nos gusta criticar desde la autocomplacencia cobra sentido. No se trata solo de decirle al mundo que “he vivido”, se trata de decírmelo a mí mismo, o más bien, de que vivir requiere este contar conectado.
Por otro lado (siempre hay otro lado en el ser multidimensional), la crítica a la “vida de Instagram”, aunque nace de la autocomplacencia, tiene también su parte legítima, porque perdemos algo si privilegiamos la conexión futura y virtual sobre las conexiones inmediatas. Si María, ocupada en sacar fotos para su madre, ignora que yo estoy a su lado intentando darle la tabarra con mis teorías, se produce un desencuentro.
Afortunadamente para mí, María me ignora solo lo suficiente. Lo justo, en el sentido de “justicia”. Creo que también ella tenía curiosidad por mí, por ese hermano mayor siempre ausente, lejano en la geografía y en la edad, y por eso me presta más atención de la que quizás merezco.
–Yo creo que para ver Marrakech nos habría bastado con dos días –me dijo ayer, cuando nos dimos cuenta de lo pequeña que era la ciudad. Hamid, el taxista que nos había llevado del aeropuerto al riad, nos había dicho que cuatro días no eran suficientes, que Marrakech requería varias semanas, pero después de atravesar el zoco seis veces en una tarde, María tenía sus dudas.
Pero atravesar no es recorrer. A ninguno de los dos nos interesan mucho el tipo de productos a la venta, así que hemos pasado por delante de las tiendas a buen paso, sin pararnos en nada. Se podría decir que, durante los primeros dos días, pasamos a buen paso por delante de toda la ciudad. Aun así, sin quererlo, solamente en virtud de estar aquí, la ciudad se nos va quedando enganchada en la ropa, nos fuerza a detenernos.
Para matar el rato y escaparnos de la lluvia, después de los jardines de Majorell acabamos tomando un té de menta en un café del barrio viejo y charlando durante un par de horas. Hablamos de la familia, de dónde venimos y quiénes somos, de cómo nos han moldeado nuestras experiencias comunes. En otros ratos muertos, hablamos con Adam, el gerente de 23 años del riad, un marroquí deferente y simpático del que nos llevaremos muy buen recuerdo.
Para el tercer día, el ritmo de nuestros pasos ha comenzado a pausarse. Nos apartamos de las motocicletas si necesidad de mirar, sin alarma, y cuando nos encontramos con turistas españoles que solo llevan un día aquí (el susto aún en los ojos), nos sentimos experimentados. “Parecemos ya de este pueblo”, bromeamos.
Atravesando el zoco por enésima vez, yo veo a un turista parado frente a una bocacalle solitaria sacando una fotografía, y pienso que, si nos quedáramos aquí unos días más, quizás comenzaríamos a curiosear como él por los rincones, y a hallar imágenes singulares, únicas y propias, que atesorar.
Cuando Hamid nos devuelve de regreso al aeropuerto, somos tres días menos turistas que cuando llegamos, y también tres días más hermanos. Las conexiones que, solo por estar juntos, han comenzado a establecerse entre María y yo atraviesan la ciudad en la que tuvieron lugar. Son raíces o ramas de planta trepadora que establecen una unión, aunque se quedarán en muy poco (un recuerdo de calles caóticas y luminosas, cuatro anécdotas y un puñado de fotografías) si no les damos más tiempo para continuar enredándonos.
Deberíamos regresar y pasar tres días más. Aquí o en cualquier lugar del mundo.
En el último episodio del podcast EcoUbicaciones, discuto con Nuria De Cos si el valor es intrínseco a las obras de arte o si se trata siempre de una construcción externa.
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