Alcahuetes
El cotilleo como estructura cognitiva fundamental
Siento que mis textos, tanto los de ficción como estos, funcionan mejor cuando esconden algún chisme, cuando estoy contándole al lector la eterna historia de quién se acostaba con quién y cuánto dinero tenía y, sobre todo, quién se creía que era y quién era de verdad. No sólo provocan entonces más y mejores respuestas, sino que yo mismo disfruto más escribiéndolos. Quizás mi verdadera vocación fuera ser periodista de revistas del corazón, y me la echaran a perder las ínfulas de intelectualismo que heredé de la biblioteca de mi padre.
Mi abuela, antes de quedarse reducida a la cama y la sordera y el desinterés, era una verdadera artista de lo que ella llamaba «alcahueteo», sospecho que porque «ser una alcahueta» le sonaba mejor que «ser una cotilla». A mí me llamaba «alcahuete», por ejemplo, cuando mostraba interés de niño por los asuntos de los mayores, o cuando levantaba las tapas de las perolas al llegar a su casa para ver, literalmente, qué se estaba cociendo. «Cotilla» era un insulto, «alcahuete» era una reprimenda cariñosa.
Durante los tres años que viví con ella después del divorcio de mis padres, o cuando la visitaba de adolescente cada sábado por la mañana para recibir «la paga» (yo la llamaba, por otorgarme la dignidad de la guasa, «el impuesto revolucionario»), me resultaba muy entretenido verla «alcahuetear» con su hermana y sus vecinas en voz baja, intercalando preguntas y exclamaciones, revelaciones y condenas a un ritmo de vértigo. Dicen que lo más difícil de aprender en un idioma extranjero es el humor, pero quienes lo dicen suelen ser personas que, incluso cuando poseen amplios conocimientos, se han quedado a las puertas del verdadero bilingüismo: lo realmente difícil es captar y sostener los sutilísimos ritmos de la cháchara. A cada interacción corresponden abanicos de réplicas que exigen una cantidad exacta de pautas y silencios, como si yo cantara el comienzo de una tonadilla y tú pudieras improvisar el final, pero sólo siguiendo armonías predefinidas y exclusivas de cada cultura. Yo sospecho que este mecanismo nos sirve para juzgar la pertenencia al grupo de interlocutores casuales, porque la incapacidad de realizar estos intercambios no delata sólo al foráneo, sino también al loco y al tímido y al inadaptado.
En estos cacareos sincopados, en estas improvisaciones del jazz del cotilleo, se me iban revelando las estructuras internas de la amplia sociedad de mi pueblo. Diez mil habitantes dan para muchas historias, para sagas enteras de divorcios, infidelidades, bancarrotas, despidos, enfermedades, romances y venganzas. «El hijo de la Margari la zamorana, sí joder (mi abuela es muy mal hablada), los que tenían el quiosco donde la estación, que se les murió el padre cuando la guerra de puro borracho, ésos, pues el pequeño, que está casado con la cuñada de mi sobrina, la de la Pilarín, se ha echado una querida de Tudela, una que se da unos aires… como si fuera yo qué sé qué, la reina de Saba, pero oye, que van por ahí cogiditos de la mano como la cosa más normal del mundo, y la mujer de él detrás como una tonta con una criatura de dos años», etc.
Yo no podía seguirlas en estos recorridos, porque lo justo conocía a la gente de mi edad, y aun de ésta solían olvidárseme los nombres y la filiación, así que me iba imaginando a las personas que describían como si fueran personajes de novela y anclándolos en los lugares mencionados: el quiosco de la estación, la plaza por la que se paseaban los enamorados infieles, o alguna calle anónima del casco antiguo donde sucedían horrorosas muertes repentinas, escándalos sexuales o crímenes que sólo podían nombrase entre susurros.
Uno de los misterios de toda esta actividad era que a mi abuela le gustaba muy poco salir de casa, y menos aún del barrio, así que yo no alcanzaba a comprender cómo podía estar al tanto de las vidas privadas de todos. Fue mi madre quien me desveló la solución hace seis o siete años: «Mira, ayer volvíamos del supermercado y nos encontramos con la hija de la Florita. Pues va tu abuela y le pregunta: “Oye, tu madre ya te dejaría un par de millones cuando se murió, ¿no?”. ¿Y qué te crees que hizo la otra? ¿Mandarla a la mierda? Pues no, fue y le respondió con la cifra exacta». Información que luego, evidentemente, mi abuela le transmitiría a su hermana, a la que sí le gustaba salir de casa y pararse a hablar con todo el mundo.
De todo esto emergía en mi mente la idea de una red convulsa e intrincada que tenía su centro en el sofá donde mi abuela se pasaba las tardes, sintiendo y comunicando los más mínimos movimientos. ¿No describían aquellas relaciones («el hijo de la Margari la zamorana, la del quiosco», «la cuñada de mi sobrina») grupos de nodos que se conectaban en ángulos imprevisibles? La legítima esposa del infiel, al que habíamos llegado a través del quiosco de la estación, se encontraba vinculada con mi abuela a través del marido de la hija de su hermana: nodos conectados con nodos conectados con nodos.
En las antípodas de mi abuela se encontraba mi padre, que no sólo no se interesaba él mismo por la red, sino que pretendía aislarse de ella, pasar por la vida sin ser detectado por su exsuegra y sus compinches. No se trataba solamente de escatimar información, sino de escatimar además posibilidades de juicio. Porque nótese que, cuando mi abuela recorría la red, dejaba un rastro de encomio o de condena en cada nodo: el padre de la Margari había sido «un borracho», la «querida» (término en sí mismo derogatorio) se «daba aires», los amantes iban «cogiditos de la mano» (el diminutivo ridiculiza su cariño), mientras la legítima esposa iba «detrás» (débil), «como una tonta» (culpable también, por permitirlo) con su «criatura de dos años» (único juicio positivo, el de la inocencia del niño, que sirve de argumento para la condena de todos los adultos).
Hay una teoría que sostiene que el lenguaje se origina en el cotilleo, en la necesidad que tenemos, como animales sociales, de conocer la reputación de quienes nos rodean. Para transmitir información más sencilla, como dónde se encuentra una manada de mamuts o la existencia de un peligro, nos bastaría con cortas frases indicativas («lobo cerca»), no nos harían falta subestructuras complejas, todas estas subordinadas relativas y temporales y circunstanciales en las que abundan los idiomas. Y observando, efectivamente, el lenguaje del cotilleo, esas interminables páginas proustianas repletas de apartes y de comas («el hijo de la Margari la zamorana, los que tenían el quiosco donde la estación, que se les murió el padre cuando la guerra de puro borracho»), esta teoría parece muy probable.
Claro que, como todas las explicaciones biologistas, puede proporcionar una razón necesaria, pero no suficiente. El mundo está, después de todo, repleto de especies sociales que se comunican de un modo mucho más sencillo. Es la variedad de comportamientos de los que es capaz el ser humano, inigualado en ningún otro animal, lo que hace que describirlos requiera un lenguaje tan recursivo y versátil. Cierto, ubicar a las personas, recorrer la red junto al interlocutor supone ya altos niveles de complejidad, porque si la amiga de mi abuela no sabe quién es la Margari, mi abuela necesita encontrar el punto de partida común (el quiosco, el padre borracho) para guiarla paso a paso hasta el nodo final (el hijo infiel). Pero este recorrido sería innecesario si no hubiera un comportamiento impredecible que condenar. Además, a la complejidad estructural hay que añadir esa segunda capa simultánea capaz de añadir múltiples juicios en cada sintagma, desde el calificativo descarnado (el «borracho», la «tonta») al diminutivo («cogiditos de la mano»), por no hablar de los tonos de voz, las expresiones y los gestos, que añaden otra capa aún más densa de carga emocional.
El efecto total de las conversaciones de mi abuela y sus amigas era una estructura cambiante pero férrea, una suerte de prisión moral invisible. Una persona debía comportarse de una manera bien definida, de seguir un reglamento no escrito pero muy detallado y conservador, y quienquiera que se saliera de estos patrones pasaba a recibir la atención de las cotillas y también, directa o indirectamente, los efectos de sus condenas. Estos efectos eran ellos mismos normalmente inmateriales, pero no por ello menos poderosos: una mala palabra por parte de alguien cercano («me han dicho que te han visto haciendo tal o cual cosa, qué disgusto me has dado», «somos la comidilla del pueblo»), o miradas censoras o acusadores dedos índices. De ahí procedía la rebelión de mi padre, que, sospechando que lo encontraban «en falta», negaba la legitimidad del tribunal y del reglamento.
Hablo en pasado, porque esta prisión inmaterial se ha ido desvaneciendo con los años y las muertes y los cambios de las costumbres y la moral. Casi todos los muros que la delimitaban se han fundido con el aire, dejando atrás ruinas inconexas. Mis padres se divorciaron en el 89, sólo ocho años después de que se legalizara el divorcio en España, y cuando mi abuela aún no había cumplido 60. Un divorcio, por entonces, todavía era un pequeño «escándalo», es decir, algo que «daba que hablar». Pero en los años que siguieron, esas «habladurías», que no dejaron de existir, fueron perdiendo poder, porque la generación siguiente se regía por otros códigos (el no escrito suele llevarle la delantera al penal y al civil) y la de los nietos, no digamos ya la de los biznietos, se encontraba protegida de la de los abuelos por la distancia que establecieron los padres. A esta pérdida de poder siguió poco después la pérdida material: los cientos de miembros del tribunal pasaron a ser docenas, hoy quizás quede sólo un puñado, postrados en camas o sillas de ruedas o en brazos del olvido de la demencia, todos ellos desconectados los unos de los otros.
Esta imagen de la prisión invisible que se esfuma me gusta mucho, y como yo soy muy respetuoso con la vida de mis darlings, no voy a eliminarla, pero requiere un matiz. Porque da la impresión de que el alcahueteo se ha terminado, de que ha sido superado por nuestra época, tan desprejuiciada y avanzada, cuando en realidad sólo ha sido transformado. Si el alcahueteo es una estructura tan fundamental como sostengo, si se encuentra nada menos que en la base evolutiva del lenguaje, no puede ser que simplemente desaparezca de un día para otro en un pueblo concreto del norte de España.
Y es que, en realidad, cuando mi padre se oponía a «las cotillas», no estaba solamente huyendo de los juicios de su tribunal, sino oponiendo a ese tribunal otro que las condenaba a ellas a su vez, defendiendo la validez de un código alternativo. La imagen caricaturizada de «la cotilla», siempre femenina, envejecida e indigna, y, crucialmente, desexualizada («no tienen vida propia, así que se meten en la de los demás»), se extendió por todo el país y, de país en país, por todo el planeta. El cotilleo local fue reemplazado, como un vicio menor, por el cotilleo nacional de las revistas del corazón y los dramas televisados de las celebrities, que desactivaban, dirigiéndola al éter (como una víbora a la que se le extrae el veneno haciéndole morder un vaso de cristal) la capacidad de condena de todas estas personas.
Puesto que mi padre no se coordinaba con otros ni llamaba por teléfono a sus aliados para comentar los últimos «escándalos» de sus enemigas, daba la impresión de que no se estaba produciendo una batalla, pero la batalla existía. Y es que el bando al que pertenecía mi padre utilizaba estrategias y armas que a las cotillas les resultaban inimaginables: películas de Hollywood que redefinían ante el gran público qué comportamientos resultaban aceptables, libros académicos sobre género y sexualidad, debates televisados en torno al aborto, o incluso, sobrealimentando al enemigo, la variedad y abundancia de los «escándalos» de los programas de cotilleo, que volvían los pecadillos de sus conciudadanos algo vulgar, aburrido e irrelevante. El otro bando no lo formaba un ejército regular, sino que era el mundo entero y estaba hecho de tiempo, el recurso del que ellas andaban más escasas.
Aún hoy, prisionera ella misma de una cárcel que ya no existe, cuyos muros desaparecieron hace décadas, mi abuela se niega a que la saquen de casa en silla de ruedas, no vaya a ser que «la vean» y «digan»: «he visto a la Marichu y estaba viejísima». Pero eso no significa que haya perdido la curiosidad. Así que, cuando ha pasado buena noche, Blanca, su cuidadora colombiana, la levanta de la cama y la lleva hasta la ventana del salón «a alcahuetear». Ya no le llega información a través de su hermana, que falleció hace tres años consumida por el Alzhéimer, ni tiene ocasión de compartir sus observaciones con nadie (a Blanca le faltan puntos de referencia, no conoce ni a la Margari ni al borracho de su padre ni a la hija de la Pilarín). Pero supongo que, de vez en cuando, ve pasar un rostro conocido, el hijo de alguien o alguna antigua vecina que todavía vive, y en su cerebro la red se ilumina una vez más, repleta de conexiones, de escándalos y muertes y deseo y cifras en pesetas: de personajes –y de historias.
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Presentación de la última novela de Ignacio Sainz de Medrano
Ignacio me ha hecho el honor de pedirme que le ayude a presentar su última novela, Todo lo hice por ti, así que este jueves 18 de junio nos vamos a materializar los dos desde el éter de internet en un local de Madrid para tomarnos unas cervezas y hablar de lo humano y lo divino (aunque será más de lo humano, claro, que ya nos vamos conociendo). Si andas cerca, pásate a saludar, que paga Ignacio.
Último episodio del podcast
Germán y yo nos enfrentamos al texto monstruoso (al propio autor le complacería este adjetivo) de Diferencia y repetición, el magnum opus de Deleuze. No conseguimos dominarlo, no sabemos si porque el monstruo tiene demasiadas cabezas o porque está hecho de humo, pero concluimos que, de uno u otro modo, el ejercicio merece la pena, porque nos ha forzado a tensar todos los músculos del pensamiento. Si no conoces el libro o a su autor, esta conversación te puede servir de introducción a las temáticas y dificultades que plantea, y no creo que deje de despertar tu curiosidad; si ya te has enfrentado a él tú mismo, oírnos puede resultarte, si no iluminador, al menos terapéutico.
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«Eres vago hasta para comer» me dijo mi abuela cuando tenía doce años, porque no me gustaban ni el conejo ni ningún corte de carne que requiriera trabajo. Me impacientaban aquellos huesecillos minúsculos de los que colgaban recompensas miserables.









Mmm, da mucho que pensar. "Alcahuete se puede decir a un niño con gran ternura" no estaba en mi cartón de bingo lingüístico. Y sí, la última imagen deja marca.
Si me pongo en modo sistemas, el cotilleo en el hub de tu abuela eran microajustes a los pesos y parámetros de la red social del pueblo. Cada circuito se medía y remedía, se calibraba la calidad de las interacciones y de las interrelaciones. Imposible matematizarlo, no conocemos los sesgos iniciales ni las distribuciones a priori.
Un par de excepciones, algo escuetas pero célebres, sobre la teoría del lenguaje en animales. Los cuervos transmiten información social, reputación incluso, y la recuerdan durante varios años. Expediente, aunque los dibujos animados digan cotilleo. Los perros de las praderas, además de distinguir diferentes especies con sus vocalizaciones, codifican rasgos del intruso: forma, color y demás. Incluso cuando están ausentes. "El borracho de su padre" no entró en la lista corta del autor, Slobodchikoff.
Sobre el final. Entre los factores modificables (no genéticos) más repetidos para mantener la salud cognitiva en la vejez aparecen la actividad física regular, los patrones alimentarios y, de manera muy insistente, la integración social.
Gracias por el texto.
Donde esté un buen escándalo que se quite lo demás...
Una vez leí (creo que fue a Arriaga) algo sobre el famoso número de Dumbar (el teórico volumen de gente que puede componer nuestro núcleo social, entre 100-150 personas): decía algo así como que, en efecto, podría ser cierto, solo que en el mundo de hoy habíamos sustituido a la vecina del quinto por Lady Di. Fíjate si hace años. La televisión como nodo.
Y hoy, ¿cuáles son esos nidos? ¿Cómo componemos las redes que nos mantienen socialmente vivos? Pues mira tú por donde, Substack es un poco (al menos para mí), una red de alcahueteo (del bueno, pero alcahueteo). ¿Qué piensas?