Codependencias
O por qué necesitamos a personas que llamamos "tóxicas"
Los veo corriendo hacia mí por el sendero del lago, él alto, quizás dos metros, delgado y muscular, ella dos cabezas más baja, a cuatro pasos por detrás de él, ambos vestidos completamente de negro y con gafas de sol. A mi altura, él se detiene y hace un gesto circular alzando el índice derecho, como un entrenador o una avanzadilla militar, para indicarle a ella sin palabras que deben darse la vuelta. Hay algo en este gesto que me predispone contra él: es demasiado perentorio, una orden en lugar de una sugerencia o un diálogo.
Ahora caminan los dos en la misma dirección que yo, aunque mantienen la distancia inicial: él a la cabeza, ella cuatro metros por detrás.
–Queda menos de una milla –dice él.
–¿Cuánto? –pregunta ella.
–Menos de una milla.
–¿Pero cuánto menos?
–Menos de una milla es menos de una milla.
–¿0.3? ¿ 0.7? ¿0.9?
–0.9.
Los dos suenan irritados. A él le molesta evidentemente tener que dar explicaciones, a ella le molesta que no las dé. Se diría que lo que les impacienta a ambos es tener que tratar con el otro. “Capullo”, pienso. Y también, dirigiéndome mentalmente a ella: “¿Qué haces con este gilipollas?”. Me fijo en que él tiene la cabeza medio girada para comprobar de reojo, con una cautela inútil, que ella lo sigue.
Van más rápido que yo, así que no tardan en pasarme. Es entonces cuando me fijo en sus calcetines. Los de él son negros y, en letras mayúsculas blancas, declaran: “GET SHIT DONE” (“sé eficiente” o “haz las cosas de una puta vez”, una expresión sin traducción fácil que indica una cierta impaciencia con los rodeos y los detalles, una capacidad marcial para la acción). Los de ella también son negros, pero en los suyos estallan pétalos multicolores y una sola palabra: “LOVE”. Me hace gracia ese contraste tan evidente, casi burdo, esa proclamación de una identidad calcetinera que se ajusta tan bien a sus respectivas actitudes.
A él lo delatan esas miradas constantes hacia atrás, ese temor a que ella no lo siga que trata de disimular incluso ante sí mismo, diciéndose quizás que ella es lenta, poco fiable, que se despista con facilidad. No es seria, y probablemente él crea que disfrutaría más corriendo solo, y considere este ejercicio matutino como un sacrificio o una concesión. En realidad, por supuesto, sus miradas de reojo demuestran que necesita con urgencia la presencia de su pareja, porque sin ella él sería un corredor más entre los muchos que dan vueltas al lago los fines de semana, en lugar del tipo severo que “GETS SHIT DONE”. Solo gracias a que ella es lenta (pero no tanto, porque le lleva el paso, aunque vaya por detrás) puede él ir a la cabeza, solo porque ella lo sigue puede él liderar y dar órdenes gestuales, solo porque ella hace preguntas puede él responder en el tono irritado que demuestra que no tiene tiempo ni paciencia para tonterías. Es él quien lleva el control de la distancia recorrida, ella se entrega a su criterio y sus cálculos, y le otorga así la oportunidad de teatralizar ante el lago entero pero, sobre todo, ante sí mismo, el papel cuya descripción lleva estampada, como un actor en una obra de Brecht, en sus calcetines.
El beneficio que él extrae de esta relación es evidente, el de realizarse como un hombre serio, fuerte y marcial, capaz de hacer cosas sin hablar mucho ni darles muchas vueltas, pero, ¿qué saca ella de este papel secundario, de la irritación y las vejaciones a las que se ve sometida?
Esta pregunta me hace pensar en Herzog y Klaus Kinski, y en el documental que aquel dirigió tras la muerte de este, Mi enemigo íntimo. Kinski era un tipo famosamente insoportable: irritable, impredecible, dado a reacciones violentas. Herzog y Kinski se conocieron en una pensión cuando Herzog era un huérfano empobrecido que vivía con su madre, y Kinski ya un actor de teatro con algo de renombre que se encerraba en el baño durante horas o destrozaba vajillas y habitaciones. Herzog, un tipo de voz y maneras delicadas, describe los conflictos constantes que mantuvo con su actor fetiche a lo largo de todas las películas que rodaron juntos, y uno se pregunta si el supuesto genio actoral de Kinski realmente merecía tantos sacrificios. Herzog trata de convencernos de que seguía prestándose a rodar películas con él por la calidad de sus interpretaciones, pero esta relación no es el único elemento psicológicamente sorprendente de su carrera.
Tomemos su película de 1982, Fitzcarraldo, que narra la historia basada en hechos reales de un empresario irlandés que, decidido a extraer caucho de la cuenca del Amazonas, transporta un barco de vapor a través de las montañas andinas. El Fitzcarraldo real desmontó el barco para transportarlo, una prevención poco cinemática, así que Herzog, demostrándose más extremo aún que su modelo, sin utilizar maquetas ni efectos especiales, hizo acarrear a sus operarios una embarcación completa, intacta, a través de la jungla y por encima de las montañas. Cabe esperar que alguien ruede una película dentro de cien años titulada “Herzogaldo”.
Los comentarios de Herzog sobre el infierno de mosquitos del Amazonas, donde ya había rodado diez años antes la igualmente precaria y problemática Aguirre, la cólera de Dios, se han convertido recientemente en memes de internet por su dramatismo feroz. “En el Amazonas”, dice Herzog con voz áspera, gesto solemne y un fuerte acento alemán, “los pájaros no cantan: chillan de dolor”, y los cínicos internautas del 2025 no podemos dejar de sonreírnos.
Es decir, este hombre de maneras delicadas nos vende una imagen de artista que asume enormes riesgos por amor a su arte, que se expone a climas, situaciones y personas extremas, y emerge de ellas con obras maestras. ¿Quién es más fiero que un león salvaje? El hombre que camina junto a él tranquilamente, el que se atreve a acompañarlo y dirigirlo. Herzog colabora con Kinski y quizás exagera las dificultades en su relato, como quizás exagera también el horror de la jungla para construirse una imagen pública de hombre poderoso que ha bajado a los infiernos varias veces y ha vuelto trayéndose consigo el tesoro de una Eurídice nueva cada vez.
Algo así creo que extrae la mujer que lleva calcetines negros cubiertos de AMOR de su relación con el tipo patético que GETS THINGS DONE. No me cabe duda de que, si se percatara de que yo la veo como una víctima, se enfurecería, porque ella no se considera ofendida ni humillada, sino una mujer fuerte capaz de sostenerle la mirada a hombres violentos sin dejar por ello (“LOVE” en letras de colores con abundancia de rosas) de ser “femenina”. Cuando él dice “Menos de una milla es menos de una milla”, ella no se calla, cohibida o dolida, sino que replica en un tono igualmente irritado y desafiante –que no tendría ocasión de utilizar si no estuviera con él. La respuesta a mi pregunta “¿Qué haces con este gilipollas?” es: “Ser el tipo de mujer que he aprendido a valorar”.
Claro que yo mismo estoy jugando el mismo juego que ellos. Porque cuando lo llamo “capullo” a él mentalmente y cuando me pregunto qué hace ella con un gilipollas así, me sitúo en el bando bienpensante, en el lugar común de los hombres que sí tratan bien a las mujeres y que, si detectan actitudes obsoletas, las señalan y condenan. Y aún doy un paso más amplio en mi propia estima cuando, en el proceso de escribir estas líneas, me sitúo entre aquellos que son capaces de comprender a los demás y a sí mismos, entre los filósofos que se abstraen desinteresadamente de sus propias circunstancias para alzarse sobre el conjunto en un halo de pura lucidez.
¿Y el lector? Si está de acuerdo conmigo, alcanzará alturas parecidas. Si no, volará aún más alto, planeando por encima de mi cabeza, y se sentirá más inteligente cuanto más inteligente me considere a mí, del mismo modo en que Herzog necesita que Kinski sea horrible para ser él poderoso.
“¡Pero no es lo mismo!”, queremos objetar. “La codependencia tóxica de esa pareja no se halla en pie de igualdad con la crítica que se realiza de ella ni mucho menos con los textos que tratan de explicarla”. Evidentemente, no, no es lo mismo en el plano del valor, pero el plano del valor es puro posicionamiento, es absoluto, no se sostiene en nada. Decimos que esta relación es “tóxica” y nos referimos con ello a la salud, es decir, planteamos que existe un ideal de relación “sana” que se ajusta de algún modo a nuestra “naturaleza”; otros invocarán la “felicidad”: “esta pareja claramente no es feliz”, dirán. Pero “naturaleza” y “felicidad” son ambos términos problemáticos. ¿No sería Herzog menos “feliz” si no pudiera representar a través de Kinski el papel de domador de fieras humanas que tanto valora? Y por lo que respecta a la “naturaleza”, ¿no la mediamos en cada acto, no somos todos la prueba vestida y lectora, que conduce coches y viaja en avión y renuncia ocasionalmente al sexo y a la comida y ocasionalmente se suicida, de que ser humano consiste en transformar la necesidad en libertad? ¿No hemos visto, de hecho, en mil ocasiones, que cada vez que se invoca la “naturaleza” es para imponer una homogeneidad normativa?
Claro que podemos y debemos juzgar a esta pareja, es decir, posicionarnos frente a ella (no hay modo de evitarlo, de no hallarse ya siempre situado), pero erramos si apelamos a fundamentos eternos, a “razones” que nos muestran una evolución mesiánica de las tinieblas a la luz, cuando en realidad todo lo que tenemos es un desarrollarse fascinante e imprevisible de las fuerzas cambiantes de la identidad y del valor. No tendemos a la igualdad y la justicia porque sean mejores, sino que las declaramos mejores porque tendemos hacia ellas o, para ser más precisos, tender hacia ellas y declararlas mejores es una y la misma acción pura, radical, no-fundada.
Como todo sistema, las sociedades humanas se deslizan lentamente hacia la entropía, hacia la homogeneización, hacia una relajación de la tensión entre diferenciales de fuerzas y hacia el equilibrio final, lo cual no impide que por el camino nos encontremos con incrementos temporales de la injusticia. Las justificaciones de la desigualdad (del derecho divino a la superioridad racial, nacional o de género o, en el último bastión de resistencia, la meritocracia y el derecho a la propiedad privada) llevan milenios siendo erosionadas a una velocidad creciente en la conciencia común, y la realidad del sistema acaba siempre reflejando nuestra conciencia de él, porque lo construimos cada día con nuestros cuerpos, nuestras vidas y hasta nuestros calcetines.
Notas y erudiciones prescindibles (Name dropping)
Uno de los temas recurrentes de la filmografía de Herzog es la “estupidez” animal y la “indiferencia” de la naturaleza. Su documental del 2005 Grizzly Man, por ejemplo, narra las aventuras de Timothy Treadwell, un aspirante a actor e influencer que pasaba largas temporadas acampando solo en el parque nacional de Katmai y grabándose a sí mismo en la proximidad de los osos pardos hasta que, finalmente, uno de ellos acabó devorándolo a él y a su novia. Seis minutos del audio de su muerte fueron grabados por una cámara con la tapa puesta.
Herzog entrevista a los padres de Timothy, a los guardias del parque y al forense que extrajo sus restos del estómago del oso, y estas entrevistas, todas ellas artificiosas y extrañas, muestran cómo cualquier acción, incluso la más íntima y personal (el duelo por un hijo), se vuelve performática frente a la cámara. Puede deducirse que Timothy no muere por su amor a los osos, sino por su amor a la identidad que está tratando de construir para la cámara en las 100 horas de vídeo que acabó grabando, una identidad que hereda de las que sus padres y las personas de su entorno intentan construirse a su vez para sí mismos, y que deriva en gran medida de la mitología cinematográfica estadounidense (Timothy aspiraba a ser actor, y su fracaso en Hollywood le conduce a una depresión de la que saldrá con el proyecto de los osos).
Es evidente que Herzog desprecia la “inocencia” de Timothy, su creencia de que puede aproximarse a los osos y aprovecharse del peligro que representan para construir una imagen comercializable sin pagar ningún precio. En una escena reveladora pero predecible, Herzog se lanza a uno de sus monólogos habituales sobre la “estupidez” y el “horror” de la naturaleza. En los ojos del oso, dice, no ve amistad, solo la “indiferencia” de las bestias.
Timothy, como Herzog mismo, tiene una estilo algo amanerado, que contrasta con (o explica) los esfuerzos extremos que hacen ambos por atribuirse las características de la hombría tradicional: la valentía, la resistencia, la fuerza, etc.
Las similitudes entre Herzog y Timothy son evidentes (Herzog en la jungla junto a Kinski, Timothy en el bosque junto a los osos, todos ellos frente a la cámara), y Herzog incide en la diferencia más radical: él está vivo mientras que Timothy está muerto, y esto se debe a que él no cree que los osos sean sus amigos, a que él, lúcido y desencantando, sabe que la naturaleza es “horrible”, “estúpida”, “indiferente”. Cuanto más horrible sea la naturaleza a la que regresa una y otra vez en documentales y rodajes, más se eleva el mito de su propia fuerza.








Este texto ha dado lugar a una conversación larga y en mi opinión muy interesante en Notes. Si te interesa leerla o participar, este es el enlace:
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