Debates
¿En qué se diferencia debatir de conversar? (5 mins de lectura)
No sé en qué momento comenzaron a cansarme las batallitas dialécticas. Sé que de niño y adolescente solía disfrutar con ellas, que fui una persona argumentativa y terca. Molly, que me conoció a los diecinueve años, solía decir que me había oído defender con igual convicción una postura y la contraria, dependiendo de con quién estuviera hablando. Tenía la idea, además, de que esta era una característica nacional de los españoles, porque encontraba actitudes parecidas en mis amigos y después, cuando lo conoció, en mi padre.
Lo que veía en todos nosotros era una adhesión inmediata y superficial a una postura adoptada más o menos al azar, que, una vez elegida, pasábamos a defender con ferocidad, como si se tratara de un pilar fundamental de nuestro sistema de creencias. Verme abandonar después esa postura, o incluso olvidar que alguna vez la había sostenido, le hizo gracia al principio (hay algo cómico en el contraste entre la convicción absoluta y su absoluta falta de fundamento), pero le llevó también a concluir que, evidentemente, lo que estaba en juego para mí no eran las ideas que salían de mi boca, sino la necesidad de apuntarme tantos; que no se trataba de grandes batallas ideológicas, sino de las escaramuzas del ego, generalmente masculino.
Y, en parte, tenía razón.
Digo en parte porque en aquellas batallitas había en juego varios factores más, invisibles para ella y para mí. Sí, era cierto que las ideas concretas que defendíamos unos y otros carecían de importancia, que se trataba de simples herramientas al servicio de otros objetivos, y era cierto también que el género jugaba un papel importante. Pero la superioridad que esperábamos conquistar sobre los otros con estos cacareos de gallitos no se basaba en un concepto simple de hombría, homologable a cualquier otro: no era un mero substituto para cobardes de los puños de los machos más básicos (aunque también).
Para empezar, había un elemento de clase. Porque las habilidades dialécticas se veían (y se ven todavía) asociadas a la clase intelectual, a la que ni mis amigos más argumentativos ni yo pertenecíamos. La capacidad de ganar batallas dialécticas pretendía alzarnos sobre la clase obrera, en la que nos veíamos situados tanto por nuestras economías como por nuestros orígenes y educación.
Señala Bourdieu, con su agudeza habitual, la hipercorrección lingüística de las clases aspiracionales: en el habla como en la literatura, se puede detectar al advenedizo por su incapacidad para permitirse un solo error, por su falta de espíritu lúdico. Un error gramatical en una persona que procede de las capas cultas de la sociedad es “una forma de hablar”, pero, en alguien de clase obrera, “revela sus orígenes”. Esto se puede ver llevado hasta la comicidad en el gusto de los policías y las clases bajas por la terminología legal, que contiene tantas sílabas. (Algo parecido sucede, por cierto, con los idiomas extranjeros: Molly puede inventarse el inglés, porque, como recuerda a menudo con un latiguillo de licenciada en lingüística, “el idioma lo hacen los hablantes”; yo, sin embargo, tengo que seguir todas las normas, porque, con mi acento, cualquier desviación es interpretada como un error. Por eso, aunque me tienta acceder a un mundo editorial ligeramente menos corrupto, y creo tener las habilidades suficientes, solo me atrevo a escribir libros en español).
Otra de las razones detrás de aquellas batallitas era la resistencia a someterse a la autoridad del otro. Cuanto más seguridad demostraba alguien en una afirmación, mayor era nuestra necesidad de rebatirlo, especialmente si se trataba de una persona a la que considerábamos como un igual. No nos gusta que nadie nos aleccione, porque, a menos que hayamos reconocido previamente que se trata de un experto en un área que nos es ajena, sus lecciones nos llegan como un insulto, como una superioridad asumida sobre nosotros. El impulso de discutir con él no viene de que realmente dudemos de la información provista, sino de la necesidad de bajarle los humos.
Y sí, aquí hay un componente de género importante (esa resistencia a permitir que otros se crean superiores es una característica del concepto de masculinidad tradicional), pero creo que es importante matizar el modo exacto en que se daba. Porque en las batallitas dialécticas con un padre, por ejemplo, no se trataba de ver quién era más macho, sino, en el caso del hijo, de independizarse, de ser reconocido como adulto; en el del padre, de no perder las prerrogativas de la paternidad (el “respeto” del hijo, en el mejor de los casos, o el control sobre él, en el peor).
Todas estas batallitas se veían favorecidas en los 90 por la falta de acceso a internet. Ante la imposibilidad de verificar informaciones, la lógica y la memoria bastaban como herramientas para determinar la supremacía intelectual, para ver quién detentaba la autoridad y quedar como la persona más inteligente y mejor informada del grupo.
Así que, evidentemente, los teléfonos móviles han debido de contribuir a desactivar este tipo de enfrentamientos. Pero a un nivel personal, puedo añadir dos factores más para que me aburran tanto hoy las batallitas: si por entonces trataba de significarme como perteneciente a la clase intelectual, seguir intentándolo hoy implicaría reconocer que no pertenezco a ella. De igual modo, si por entonces, como en la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, me enfrentaba a otros para obtener el reconocimiento de mi autoridad e independencia, continuar peleando hoy me señalaría como alguien que aún no las ha conseguido.
Evidentemente, este no es el modo en que me lo cuento a mí mismo de forma habitual. Poseo hoy un cuerpo coherente y amplio de pensamiento que no se parece en nada a las opiniones volátiles que utilizaba en los 90 como herramientas. Una opinión se parece a una mala hierba en que tiene raíces superficiales y puede ser arrancada de un solo manotazo. Una idea que forma parte de una teoría, sin embargo, es como un árbol que se conecta bajo tierra con el resto del ecosistema vegetal al que pertenece.
Así que, cuando hoy alguien me lleva la contraria con una actitud beligerante, pienso: “¡Qué pereza! ¡Tendría que ponerte al tanto de tantos antecedentes para comunicarte mi posición con algo de justicia…!”. Pero la pereza, como el aburrimiento, no tiene que ver con el tamaño de la tarea, sino con nuestra implicación en ella. Lo que me dicen mi aburrimiento y mi pereza es: “No necesitas demostrarle a esta persona que tienes razón”. Quizás sí sentiría esa necesidad con otros, o quizás no, quizás baste con habérmelo demostrado a mí mismo.
En el último episodio del podcast, conversé y, casi casi, debatí, con Ignacio Sainz de Medrano sobre qué es la política y hacia dónde se mueve:
En cualquier caso, de “debatir” he pasado a “comunicar”, algo que no solo hago en la conversación unidireccional de estas entradas, sino también en las conversaciones del podcast, donde me encuentro cara a cara con otra persona que generalmente discrepa conmigo en tiempo real. ¿Y cuál es la diferencia? Que cuando comunico, no estoy tratando de humillarte ni de evidenciar tu inferioridad con respecto a mí, sino de hacerte ver lo que yo veo: si, cuando lo veas, decides rechazarlo, yo dejaré de insistir, pero quiero asegurarme de que no rechazas algo que no has comprendido o que yo no he sabido transmitirte.
Y aunque esta actitud acarrea también, como todas, significantes de clase y de género y de valor, no es por ello menos verdadera ni fructífera.
Si te ha gustado este artículo, compártelo, o deja un “me gusta” ❤️ o un comentario para que Substack se lo muestre a otros lectores
25. Desconocidos
No sé si todos los jóvenes tienen miedo de sí mismos, pero sé que es lógico que lo tengan. Yo lo tuve, en cualquier caso.






Gracias por la mención. No sé si casi casi debatimos, en cualquier caso estuvo ameno. Creo que más allá de "comunicar" nuestras posiciones sí pienso que, en algún momento, hubo intercambio de convicciones.
En cualquier caso, es verdad que hace tiempo que no tengo ganas de debatir. Solo lo hago aquí con algunos autores, pero oralmente me cuesta cada día más.
Estoy de acuerdo en que existen esas “batallitas dialécticas” donde en realidad lo que se disputa es reconocimiento más que ideas. Creo que todos hemos pasado por ahí alguna vez.
Pero no estoy segura de que la alternativa sea abandonar el debate para pasar a “comunicar”. A veces el debate (cuando no está dominado por el ego) es precisamente lo que permite que el pensamiento se vuelva fértil, se someta a presión y cambie. Si solo comunicamos lo que ya vemos (o creemos ver), el riesgo es que el pensamiento se vuelva demasiado cerrado sobre sí mismo.
Para mí, la diferencia no está entre debatir y comunicar, sino entre debatir para ganar y debatir para abrir horizontes. La pereza aparece cuando se detecta pelea de egos o cuando debatir implicaría revisar partes de la estructura o del sistema que uno ya ha construido.