El yo inmortal
¿Entendemos qué significa morir? (7 min lectura)
Debo admitir que, cuando viajo en avión, me tranquiliza la idea de saber que moriríamos todos en caso de accidente. No porque sea una persona terrible y desee el mal del resto de pasajeros, ni por el consuelo de tontos del que me serviría un mal tan bien repartido, sino porque sería inútil intentar sobrevivir: moriríamos todos, hiciéramos lo que hiciéramos, así que yo no tendría que hacer nada. Durante los despegues, me gusta escuchar el comienzo de Wish you were here, de Pink Floyd, y relajarme entre esos sonidos alienantes y etéreos en la indiferencia hacia mi propia vida.
En el episodio relacionado de EcoUbicaciones, Araceli Mateos Ghosh y yo nos adentramos en las oscuridades del tema de la propia muerte como algo categóricamente diferente de la muerte del otro.
Me di cuenta de que no temía tanto a la muerte como a todo el aparato circunstancial que la rodea hace un par de años, durante mi último ataque (aunque llamarlo “ataque” sea quizás excesivo) de hipocondría. Estaba conduciendo de camino al gimnasio, pensando precisamente en lo satisfecho que me sentía con mi vida, con cómo iban las cosas en el trabajo y con el libro que estaba escribiendo y allá por las cuentas bancarias y los fondos de inversión, cuando, en un semáforo, se posicionó detrás de mí un coche de la policía de Richfield. Las paradas de tráfico de la policía norteamericana, con la obligación de colocar las manos en el volante para que vean que no empuñas un arma (se ponen muy nerviosos, los pobrecitos policías de EEUU, tenemos que pasarnos todos la vida tranquilizándolos), me han causado siempre inquietud y, aquel día soleado de finales de agosto, esa inquietud se manifestó como un dolorcillo apenas perceptible en el hombro izquierdo.
Yo sabía perfectamente que no estaba sufriendo un ataque al corazón, pero, ¿y si me equivocaba? ¿Y si el dolor provocaba una conducción errática y el policía se veía obligado a detenerme? ¿Y si seguía de camino al gimnasio como si no pasara nada y, una vez allí, me caía redondo? La incertidumbre sugería veinte escenarios diferentes e inquietantes, y fue entonces cuando me di cuenta de que lo que me ponía nervioso era esta diversidad, y no la muerte en la que podía desembocar.
De adolescente y de joven, particularmente por las noches, me asaltaba a veces la idea de que todo lo que vivimos, lo estamos viviendo ahora, así que, aunque ahora tenía 18 años y estaba tumbado en la cama mirando al techo, ahora, también, tenía 80 y estaba agonizando en una cama de hospital. ¿No suponía un subterfugio decirme a mí mismo que no, que todavía no, que aún faltaba “mucho tiempo”? ¿Qué importaba el intervalo, si había de suceder tarde o temprano y ese “tarde o temprano” iba siempre a ser ahora?
Cuando, por entonces, leía a los filósofos que hablan de la muerte como de un concepto límite, definitorio de la existencia humana, me los tomaba muy en serio. Heidegger en particular presentaba el ser-ante-la-muerte como la actitud que nos abre a un ser auténtico, que nos recupera del estado de caído del Uno común, de la vulgaridad de una vida de cháchara y superficialidad, de una existencia que equivale a no existir, para ser, con los ojos abiertos a nuestra finitud, finalmente únicos.
¿Y no podía comprobar que Heidegger tenía razón cuando veía las vidas que llevaban las personas que me rodeaban? La sumisión con la que se sometían a un destino ordinario, a la rutina de trabajos absurdos y la comodidad de relaciones automatizadas, sin gloria ni pasión, ¿no demostraba que no eran conscientes de que iban a morir? ¿Desperdiciarían sus vidas de ese modo si realmente comprendieran que tenían los días contados?
Dos cosas me parecían innegables: la media de las personas, la “masa”, vivía como si la vida fuera a durar para siempre, y yo, como evidenciaban mis terrores nocturnos, no era como los demás.
Tiene mucho sentido que los filósofos coloquen la muerte en un lugar privilegiado, en el de una estructura fundamental de nuestro ser: después de todo, en los términos abstractos en los que se suele dar la filosofía, no hay nada más absoluto, menos relativo, que ese gran espacio en negro que se abre al final de la experiencia. Y, sin embargo, si, como puede verse en ese “estado de caído” del que habla Heidegger, uno puede “olvidarse” de ella y actuar como si no existiera, ¿no demuestra esto que no es tan fundamental?
Podría argumentarse que el “estado de caído” solo demuestra que la cotidianeidad es una respuesta a la muerte misma, que nos ajetreamos en tareas absurdas y nos entregamos por entero a trabajos y deseos claramente irrelevantes, no por ingenuidad ni “inconsciencia”, sino para olvidarnos de ella, para huir del horror. Podría argumentarse así, sí, pero es un argumento que suena a hueco. Porque el día a día no se parece a una huida, sino a un olvido; no a un conocimiento reprimido, sino a uno ausente.
Hoy no creo que haya un ser auténtico y uno falso o caído u olvidado. No creo tampoco que nuestras rutinas sean absurdas. Al adolescente le causa mucha satisfacción verse a sí mismo intelectualmente por encima de todo el mundo adulto, vidente privilegiado en un mundo de ciegos, pero el mecanismo que le lleva a adoptar esta actitud (la necesidad de sentir que vale más que otros) es el mismo que le llevará a unirse de adulto a una carrera global por el valor repleta de compromisos. El trabajo, la familia, la casita en las afueras o los ejercicios del gimnasio o la lectura de libros de Heidegger, todos emergen del mismo impulso, de la misma búsqueda.
Y en esa búsqueda, la muerte no ocupa más espacio que el de un mero límite temporal, como la edad de jubilación o el inicio de las vacaciones o el fin de la fertilidad. Sabemos que no podremos pedir un crédito a treinta años después de los 50, y poco más.
Cuenta Nietzsche en La Gaya Ciencia la parábola del loco que iba por el mercado por la mañana con una lámpara encendida buscando a Dios. Cuando la gente se burlaba y le preguntaba: “¿Es que se ha perdido?”, él respondía: “¡Lo hemos matado! ¡Hemos roto la cadena entre la tierra y el sol! ¿Y hacia dónde vamos ahora? ¿Nos alejamos de todas las estrellas? ¿Caemos sin fin?”. El loco de Nietzsche representa el contraste entre la enormidad de lo que ha sucedido (que Dios no exista) y el modo en que las personas continúan con sus vidas como si no hubiera pasado nada. Aún más que la muerte de Dios, la nuestra propia debería provocar respuestas como la del loco, porque más enorme que el fin de otro, incluso el de Dios, debería ser el nuestro. Es el Todo frente a la Nada, la propia vida, que incluye la totalidad de lo que hemos conocido, de la experiencia y de las personas que nos hemos encontrado en ella, frente al vacío absoluto, frente a la no-experiencia.
Pero que no suceda no le da la razón al loco, sino a quienes se burlan de él. El loco de Nietzsche es como esos personajes de Dostoyevsky que se suicidan o matan para probar una teoría: no nos los creemos nadie, y o bien pensamos, “Amigo Fiódor, con este has metido la pata”, o bien, “El suicida/asesino debe de haber tenido alguna otra razón, una más emocional, que la que se cuenta a sí mismo”. No es que estemos todos dormidos excepto el loco de Nietzsche, los suicidas de Dostoyevsky y los “auténticos” de Heidegger, es que aquellos han tomado cuatro nociones y ocurrencias, por verdaderas no menos irreales, y las han utilizado para justificar el comportamiento deseado: creerse superiores al resto, más conscientes, inteligentes y/o racionales.
Si la vida es, como yo creo, la incesante priorización de comportamientos que buscan adquirir valor (cada uno, aquellos que ha aprendido a considerar valiosos según su entorno), entonces la muerte propia no tiene otra cabida en ella que la de un elemento más de cálculo en la estructura temporal, la de una simple fecha límite para nuestros proyectos y planes. La observación de nuestra vida cotidiana, la ausencia de lámparas encendidas en pleno día en nuestras manos, coincide con esta hipótesis.
Por la época de aquel último ataque de hipocondría se me ocurrió el siguiente experimento mental: imagina que existiera un botón que te permitiera acabar con tu vida de forma instantánea e indolora, sin dejar un cuerpo detrás y sin hacer daño a nadie: quienes te han conocido te recordarían, pero sin sufrimiento, como se recuerda a alguien que falleció hace mucho. Cuando le conté la idea a Molly, ella declaró: “nadie interesante habría sobrevivido a la adolescencia”. Yo dudo que nadie, ni interesante ni aburrido, durara muchos años.
En cualquier caso, el experimento permite diferenciar qué pertenece a la muerte en sí y qué a la circunstancia. Y me parece que, sin circunstancia, queda algo tan abstracto, tan incomprensible, que no despierta ningún sentimiento, ni negativo ni positivo.
No creo que temamos el final, y no porque seamos valientes, sino porque no tenemos modo de comprenderlo. El entendimiento, que es una herramienta para vivir, consiste en la asociación de estructuras causales a lo largo del tiempo, y la muerte es el fin del tiempo. Nada puede asociarse a ella.
No es sujeto real de ningún verbo.
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Hay varios ejemplos de animales que, una vez han logrado sus objetivos (básicamente, aparearse, o como los salmones, desovar), se dejan morir. En esto estoy de acuerdo contigo en que la supervivencia no es esencial, sino derivada, como dices en un comentario por aquí.
Donde nunca estamos de acuerdo es con el componente biológico, que a mi parecer tiene un peso mucho mayor del que le quieres dar. Somos animales sociales porque los individuos que viven en manada tienen más posibilidades de sobrevivir (que le toque a otro cuando viene el depredador). Y queremos sobrevivir para poder tener tiempo a realizar nuestros objetivos, no porque si muero dejo de buscar valor.
Y también lo es que en nuestra sociedad, mucho más compleja que la de los salmones, queremos cumplir otros objetivos más allá de procrear. Y también que esos objetivos son aprendidos. Todo esto está bien, pero la mayoría de la gente, cuando ve la muerte cerca, no la quiere, tengan la edad que tengan.
Y tampoco hay que obviar el tema del sufrimiento. De momento temo más a la muerte con dolor que a la muerte en sí. Por cierto, Tu historia del botón me recuerda a las cabinas del suicidio de Futurama.
Me ha gustado, haciendo honor al Buddha y a Epicuro. A dar la turra, pues ;)
La muerte es el cese de la actividad consciente y no puedes experimentar conscientemente ese cese, por lo que no experimentas la muerte ni "mueres conscientemente". Muere lo qué eres: un organismo con sus relaciones con el entorno y propiedades psíquicas, aunque puedes existir sin propiedades psíquicas y la mayor parte de nuestra actividad no es consciente, pero no experimentas el morir (aviso: no hay supervivencia psíquica ni individual ni cósmica, simplemente cesan esas propiedades). Lo mismo vale para el sueño, nadie experimenta el dormirse; la modorra o ese estado placentero de "pre-siesta" se experimentan.
Esto es un argumento en contra de la idea de que la muerte es mala por privación de bienes, idea que implica que no puede ser buena por privación de males. En la inexistencia no hay valor, es otro contexto. Más que no comprenderlo sería imposible de experimentar, pues podemos entender cosas sin experimentarlas (podemos entender la cesación de algo o no ser conscientes: te sacan una foto dormido y entiendes el suceso sin haber sido consciente). También en contra de que la longevidad sea un valor vital para la dicha individual, pues el ser consciente no se acumula, sino que se actualiza constantemente. Lo de "vivir experiencias" es también un error en el sentido de tener una vida rica biográficamente, no si se entiende como la actualización de cada experiencia consciente. El valor de los recuerdos es el disfrute o padecimiento actual de los mismos. Eso sí: la longevidad propia puede ser un valor para los demás, razón por la cual el suicidio con relaciones humanas a las que causemos sufrimiento es un acto profundamente egoísta. Lo bueno para mí y lo bueno para los demás se opone en muchas ocasiones, aunque puede trampearse con la razón y causar bien causándonos bien a la vez.
El sufrimiento relacionado con la muerte es entonces de tres tipos:
a) ante su pensamiento, reflexión y demás actos imaginativos. Es muy útil al respecto razonar sobre cómo son las cosas (entender el cambio inherente a la realidad y su inevitabilidad: lo qué es no puede no ser) y clarificar semánticamente nuestras ideas, pues el referente de la idea muerte es lo que estamos discutiendo aquí. Este tipo de sufrimiento es superable en gran medida.
b) ante una amenaza física o condicionada. Ante algo que amenaza tu integridad de forma inmediata tenemos una respuesta emocional fuerte muy difícil de controlar, como ante un oso, en un incendio, ante una agresión física de un tercero o un coche cuesta abajo sin frenos. Luego, hay amenazas condicionadas que requieren del uso del habla y de conceptos, mezcladas con el punto a), tales como un diagnóstico médico o una sentencia de muerte en un tribunal. Las amenazas directas tienen difícil superación sin exposición a la misma y entrenamiento concreto (un cazador, un ultra de futbol o un bombero); y las condicionadas sí pueden superarse con conocimiento, razón y, muy importante, dominio de la atención (la deliberación racional atenta y clara es la meditación occidental).
c) ante muertes ajenas o cosas que dejan de existir. En este caso, más que sufrir por la muerte, sufres la ausencia de todo lo positivo que hallabas en las cosas. Aquí la solución es la misma que el punto a) y es asequible.
Estás emociones y pensamientos se deben a lo qué somos: un animal social que busca sobrevivir y que tiene sus finalidades propias, con independencia de cómo nos hagan sentir. Estamos hechos así, y esa es la condición de posibilidad de la insatisfacción más profunda y de la dicha más elevada, unas finalidades derivadas de la evolución, horrendas y preciosas según toque.
PD: Quizás "psíquico" no es muy acertado, pues dentro de lo psíquico está lo consciente y lo inconsciente. Cuando digo asequible o superable no quiero decir que sea fácil ni que sea perfecto, pero es factible y posible. El punto b) lo veo muy difícil de superar en cambio, pero el a) y el b) están mediados por el lenguaje y el pensamiento, más accesibles.